Un arqueólogo experto en jeroglíficos egipcios encuentra una
momia.
La lleva a un museo y le dice al director:
—Le traigo una momia de tres mil años de antigüedad, pertenece a
un hombre con problemas en los dientes que murió de un infarto.
—Muy bien —le responde perplejo el director—. Procederemos a
examinarla.
Al cabo de un mes, el director, alucinado, llama al arqueólogo.
—¡Mi enhorabuena! ¡En efecto, la momia tenía tres mil años de
antigüedad, presentaba problemas en los dientes, y gracias a las
más avanzadas pruebas del momento, hemos podido comprobar
que murió de un infarto! ¿Cómo lo supo usted?
El otro sonríe y le responde:
—Lo supe al momento: ¡en una de las manos aún tenía la factura
del dentista…!
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